Suecia y la utopía socialdemócrata de la sociedad racional

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Fermat
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Suecia y la utopía socialdemócrata de la sociedad racional

Mensajepor Fermat » 08 Feb 2018 4:43 am

Mauricio Rojas, 30 de Enero de 2018

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El viraje reformista de la socialdemocracia sueca

El Partido Socialdemócrata, que ya en 1917 se transformó en la primera fuerza electoral de Suecia, nació hacia finales del siglo XIX bajo la influencia de la socialdemocracia alemana y sus primeros programas fueron simplemente traducciones de los programas alemanes de Gotha y Erfurt. Sin embargo, su retórica de corte marxista pronto se vería corregida por una praxis reformista arraigada en la tradición de compromisos y búsqueda del consenso propia de Suecia.

Un paso decisivo en la historia del partido se dio el año 1917, cuando la mayoría del mismo se resistió a seguir el impulso revolucionario proveniente del bolchevismo ruso, confirmando el camino reformista, democrático y pacífico que se había venido siguiendo ya desde antes. Un segundo paso de gran importancia fue la actitud responsable y conciliadora adoptada al entrar, por primera vez, a formar gobierno hacia fines de 1917. En este contexto, fue clave la voluntad de no atizar la agitación revolucionaria de la época ni aprovechar la situación para poner en cuestión la existencia de la monarquía.

A pesar de lo anterior, la orientación definitiva de la socialdemocracia sueca aún estaba por resolverse y diversas falanges luchaban por determinar el rumbo a seguir en el seno de un partido que todavía seguía siendo fiel a la retórica de la lucha de clases y cuyo objetivo estratégico era la socialización de los medios de producción y la superación del sistema capitalista. En suma, era un partido revolucionario en cuanto a los fines, pero reformista y democrático en lo referente a los medios. Esto es lo que pronto va a cambiar de manera sustantiva.

Los años 20 se caracterizaron por la inestabilidad parlamentaria y el avance electoral de la socialdemocracia, que obtiene más del 40 por ciento de los votos en 1924, lo que despertó temor y fuerte oposición en importantes segmentos de la población. El clima de polarización quedó de manifiesto en la elección de 1928, conocida como “elección cosaca” (kosackval) debido a la propaganda anti socialdemócrata que mostraba cosacos asediando a la población sueca, que representó un revés para la socialdemocracia y un avance para los conservadores y los comunistas.

Esta derrota electoral fue una campanada de alerta para los dirigentes de la socialdemocracia, que entendieron que dependía del ellos mismos que el partido no fuese visto como una amenaza para la paz social y la unidad nacional, ni tampoco para los fundamentos del progreso económico del país. Para lograrlo había que transformar al partido tanto en lo referente a su organización como a su ideología. Esta transformación clave está asociada a la figura del más prominente de todos sus líderes, Per Albin Hansson, quien asume la jefatura del partido en 1925 y llegará a ser primer ministro, exceptuando algunos meses, desde septiembre de 1932 hasta su muerte en octubre de 1946.

Ante todo, había que disciplinar al partido y al movimiento sindical, eliminando la influencia de sus sectores más radicales y combatiendo sin tregua a los comunistas. Como dice Bengt Schüllerqvist en su tesis doctoral sobre el tema: “El Partido Socialdemócrata cambió drásticamente al poco tiempo de la derrota electoral (del año 28). En los años 30 estamos en presencia de un partido fuertemente unificado en lo ideológico y organizativo. La lucha fraccional fue reemplazada por una dirección más monolítica que controlaba férreamente al partido. También la influencia sobre el movimiento sindical aumentó de manera considerable”.

Simultáneamente, el combate contra los comunistas, que anteriormente había estado marcado por cierta ambigüedad, cobró ahora el carácter de una verdadera cruzada que se extendería por décadas: “Debemos enfrentarlos por doquier, atacar sus actividades implacablemente, reducirlos a la insignificancia”, exigía Per Albin Hansson ya en 1929.

Por otra parte, había que dejar de lado la retórica de la lucha de clases y las propuestas de socialización de la economía para, en su lugar, formular un proyecto inclusivo de país, que abarcase a todos los sectores sociales y no propiciase un cambio radical de sistema económico. Folkhemmet (“el hogar del pueblo”) fue la metáfora que Hansson eligió para trasmitir el nuevo proyecto socialdemócrata. Como bien lo expresa, esta metáfora apela directamente al sentimiento de comunidad étnica propia del pueblo sueco. Hansson venía elaborando esta metáfora comienzos de los años 20, pero logra su formulación definitiva en un célebre discurso de enero de 1928 en el que define la sociedad de sus sueños como una gran familia, donde nadie sobra y que sabe querer a todos sus hijos por igual, un buen hogar donde no hay “privilegiados ni postergados, niños mimados ni despechados” y las divisiones de clase han desaparecido. Al mismo tiempo, venía desarrollando la idea de un patriotismo popular que incluso lo llevó a concluir algunos de sus discursos con un “¡Viva la patria!” que sonaba extremadamente herético entre quienes todavía recordaban a un Marx afirmando que los obreros no tenían patria.

Junto a ello, el partido toma paulatinamente distancia de las propuestas acerca de un cambio radical de sistema económico hasta que, en el congreso celebrado en marzo de 1932, abandona la idea básica del pensamiento socialista de raigambre marxista acerca de la abolición de la propiedad privada burguesa sobre los medios de producción para reemplazarla por la orientación del desarrollo económico por medio de diversos mecanismos de planificación e intervención estatal.

Estas ideas formarán la base, desde 1932 en adelante, del largo desempeño de Per Albin Hansson como primer ministro de Suecia. Su ascenso al poder fue el resultado directo de la victoria electoral que su partido alcanzó, en medio de las turbulencias de la crisis económica, en septiembre de 1932 con más del 41 por ciento de los votos. Ello ponía a la socialdemocracia en una posición de fuerza, pero sin contar con una mayoría propia en el parlamento y aún lejos de conquistar la hegemonía política y cultural a nivel nacional. Esos serán los grandes objetivos de Hansson y los pasos clave para alcanzarlos serán dos célebres pactos o “alianzas de clase”. El primero, sellado en mayo de 1933, con el estamento campesino y el segundo, de diciembre de 1938, con la gran burguesía industrial sueca.

Los antecedentes de este último acuerdo son interesantes ya que hablan no solo de una colaboración cada vez más estrecha entre sindicatos socialdemócratas y empresarios sino de una socialdemocracia que, con su conducción moderada y responsable del país, se había ganado un amplio respeto. Ya no era una amenaza, sino el partido del consenso, la paz social y el buen gobierno. Esto se hizo especialmente notorio en las relaciones cada vez más amistosas entre su líder máximo y los círculos empresariales más connotados. La celebración en 1935 del cincuentavo aniversario del nacimiento de Per Albin Hansson en la sala de fiestas del Hotel Carlton de Estocolmo fue una ocasión memorable que vio a todos los grandes banqueros y líderes industriales de Suecia reunirse para rendirle homenaje a quien rápidamente se estaba transformando en un “padre de la patria” (landsfader). Las elecciones de 1936 consagraron el auge del Partido Socialdemócrata, que por primera vez superó el 45 por ciento de los sufragios para alcanzar en 1940 lo que sería su récord electoral absoluto con el 53,8 por ciento de los votos.

En esta circunstancia, la clave de la conquista de una sólida hegemonía política por parte de la socialdemocracia residió en su capacidad de no dejarse embriagar por sus propios éxitos y la fuerza arrolladora de que disponía gracias a su peso electoral combinado con la masiva presencia de los sindicatos y movimientos populares controlados por el partido. Suecia estaba, por así decirlo, en sus manos y podría haber elegido imponer su voluntad a rajatabla, pero no lo hizo. En otras palabras, el partido supo subutilizar su poder a fin de ganar hegemonía, es decir, la aceptación generalizada de su visión y conducción del país.

Esto se manifestó con claridad en la política seguida en los años 30. Las reformas impulsadas fueron cautelosas y tanto el tamaño del Estado como los niveles de tributación siguieron siendo inferiores a los de otros países desarrollados. Éstos últimos incluso descendieron entre 1933 y 1937, manteniéndose por debajo del 15 por ciento del PIB hasta 1940. Sin embargo, bajo esta superficie de moderación comenzaba a elaborarse aquella visión mucho más ambiciosa que con el tiempo transformaría a Suecia en un país excepcional por la potencia, amplitud y aspiraciones de su Estado. Pero ello se haría profundizando la hegemonía hasta convertir el proyecto socialdemócrata en una encarnación moderna de la tradición político-cultural del país y en el norte compartido por todas las fuerzas sociales y políticas del país.

https://www.elcato.org/suecia-y-la-utopia-socialdemocrata-de-la-sociedad-racional
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